III CAMPO DE TRABAJO JUCAR
¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?
“…necesito refrescar este seco corazón sediento de Ti…” ![]()
Esta frase, de una de las canciones más cantadas durante todo el campo de trabajo, resume bastante bien como llegamos a Zaragoza ese último día del mes de julio: sedientos del Señor. Han sido quince días intensos, llenos de emociones, sentimientos y experiencias difíciles de plasmar en un papel.
Para mí, y creo que para gran parte del grupo, el campo de trabajo empezó con una sensación de miedo. Miedo a no saber qué nos íbamos a encontrar, a no saber si seríamos capaces de responder a esa llamada que Dios nos había hecho. Y al ir al comedor, pudimos comprobar que nosotros no éramos los únicos con esa sensación. Los comensales no nos conocían de nada y, al principio, su actitud era de desconfianza, de no saber qué hacían allí veintiséis jóvenes ayudándoles sin esperar nada a cambio.
Han sido quince días increíbles en los que entre todos hemos formado una gran familia con un mismo objetivo: descubrir a Dios en cada persona con la que nos cruzáramos. El lema fue “¿quién es mi prójimo?” y, cada mañana, al empezar el día, se nos mostraba una palabra sobre la que tendríamos que reflexionar durante ese día y descubrir a nuestro prójimo. Familia, grupo, herir, ignorar, ancianos, preguntar, curar… esas fueron algunas de las palabras con las que comenzábamos el día.
Los lugares a los que íbamos diariamente eran el comedor, la casa de rehabilitación de alcohol y la casa de acogida de las mujeres. En estos tres lugares descubrimos a nuestro prójimo, ya fuera en cocina haciendo una ensalada de arroz entre risas, aprendiendo a hacer libretas con los de alcohol o cambiando los pañales a Andrés, uno de los pequeños de la casa de mujer. Las experiencias en estos tres lugares han sido incontables, desde un gracias al dar la comida hasta las lágrimas de los de alcohol o de las madres al despedirnos, pasando por todas las risas, lágrimas e historias que pudimos compartir con todos ellos.
La Eucaristía en el comedor fue uno de los momentos más especiales de todo el campo de trabajo, el poder compartir con algunas de las personas que acudían diariamente al comedor la mesa del Señor. Especialmente emotivo fue el testimonio de un hombre que nunca había venido pero al que Algo le trajo allí, a compartir
la Eucaristía con nosotros. Ese hombre que creía en la justicia por encima de todo fue una bendición para todos los que estábamos allí…
Según iba terminando el campo de trabajo ese sentimiento de miedo y desconfianza del que hablaba al principio fue dando un giro de 180º. Nosotros ya íbamos al comedor y a la cocina como si fuera nuestra casa, con total seguridad y entregándonos al máximo en cada cosa que hacíamos. Los comensales abandonaron esa mirada de desconfianza y nos regalaron miradas de verdadero agradecimiento y complicidad.
Ahora, una vez acabado todo, una infinidad de sentimientos se acumulan en mi corazón. Por un lado, sentimiento de alegría al descubrir que la sonrisa que me salía sola todos los días al trabajar ha ayudado, aunque haya sido mínimamente, a sonreír a otros. También esperanza, la esperanza de que algo podemos cambiar dándonos a nosotros mismos en cada cosa que hacemos por los demás. Y mil sentimientos más, muy difíciles de expresar con palabras…
Para terminar, me gustaría dar las GRACIAS. Gracias a todos los que han hecho posible este campo de trabajo. Gracias a cada una de las personas que pasaron durante esos quince días por el comedor y que tanto nos han enseñado. Gracias también a todos los de la casa de alcohol, que nos mostraron lo valiosas que son las segundas oportunidades. Gracias a las madres y a los niños, que con sus sonrisas nos mostraban la sonrisa de Dios. Gracias a “mi familia” por todas esas miradas y sonrisas cómplices, por esos abrazos y palabras en los momentos más necesitados: Arantxa, Aída, Berna, Laura, Carmen, Marina, Eva, Lucía, Loles, Tote, Alex, Marta, Rubén, Luque, Santi, Alba, María, Miriam, Moli, Cristina, David, Chisco, Sabrina, Juanjo, Juanito, Pedro, Héctor, Julia y todos los de Jucar Zaragoza. Y gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de vivir estos quince días que han marcado un antes y un después en mi vida y por poner a todas estas personas increíbles en mi camino.

Gracias, Fati.
Gracias, JuCarmadrid.
Un abrazo.
Me aydudó a sumergirme en el río de la vida… en el río del Espíritu.